Esta, hasta ahora minoría, está imponiendo de manera peligrosa y alarmante ese pensamiento y modo de vida en todo el mundo a través de las redes sociales, y en muchos países inclusive lograron legislaciones que los apoyan y obligan a quienes no coinciden con ellos, a callar y por ningún motivo expresar su opinión porque podría ser sancionado por discriminar.
Es aceptar o callar: Se llegó a un punto, donde solamente el sector al que representan puede manifestarse, expresarse y exigir.
Todas las personas en todo el mundo tenemos derechos, y todos debemos respetar a los demás, tenemos derecho de elegir el modo de vida que nos gustaría llevar, y nadie debería imponer nada a nadie, justamente por eso de que todos tenemos derechos.
Yo tengo derecho a ser católica, a ser mujer, a ser madre, a tener un hogar, a educar a mis hijos y enseñarles que una familia está conformada por un papa (varón), una mamá (mujer), a orientarles que no es bueno mentir, robar o matar; es un derecho que tengo, tengo derecho a no estar de acuerdo, pero me están de a poco queriendo negar el derecho de manifestar que estos son mis derechos.
Si esta tendencia que cobra fuerza a nivel mundial, continúa, es decir donde personas del mismo sexo se unen y adoptan hijos, o los tienen a través de inseminación o vientres de alquiler, donde los niños pueden decir quiero ser varón o quiero ser mujer, y sus padres o responsables les apoyan, no puedo imaginar cómo sería o estaría el mundo, en unos veinte o treinta años más.
Lastimosamente los pensamientos filosóficos llevados a interpretaciones extremas, las doctrinas o movimientos sociales radicalizados, más generan odio, que igualdad y respeto, todos los extremos tienden a hacer daño, y deberíamos ser más humanos, al menos en sociedades pequeñas como la nuestra.
Somos pocos en Paraguay, y esta no es nuestra debilidad, sino nuestra fortaleza, porque de alguna manera estamos más cerca unos de los otros, y tenemos la posibilidad de blindarnos contra las influencias y pensamientos nocivos que llegan de afuera.
Todos tenemos derechos de conducir nuestra vida como nos parece mejor, pero estamos igualmente obligados a respetar un pensamiento distinto al nuestro, y por ningún motivo, nadie puede imponer ni exigir a nadie un modo de vida.
La vida, la sociedad y la familia son mucho más que imitar modelos y conceptos sin estar bien enterados de que se trata, qué pretenden, por qué surgen, quiénes están por detrás de todo, y cuál es la finalidad que de verdad persiguen.