«Si los restos de mi ejército me han seguido hasta este final momento es que sabían que yo, su jefe, sucumbiría con el último de ellos en este último campo de batalla. El vencedor no es el que se queda con vida en el campo de batalla, sino el que muere por una causa bella. Seremos vilipendiados por una generación surgida del desastre, que llevará la derrota en el alma y en la sangre como un veneno el odio del vencedor”.
“Pero vendrán otras generaciones y nos harán justicia aclamando la grandeza de nuestra inmolación. Yo seré más escarnecido que vosotros, seré puesto fuera de la ley de Dios y de los hombres. Se me hundirá bajo el peso de montañas de ignominia. Pero también llegará mi día y surgiré de los abismos de la calumnia, para ir creciendo a los ojos de la posteridad, para ser lo que necesariamente tendré que ser en las páginas de la historia.» (Mcal. Francisco Solado López)
Cuatrocientos nueve, exactamente 409 combatientes de todas las edades, quedaban de los cien mil hombres llamados bajo bandera en los cinco años de guerra: cuatrocientos nueve sobrevivientes del gran ejército lanzado en 1864 contra el Imperio para defender la libre determinación de las repúblicas hispanoamericanas. De sus doscientos regimientos originales todavía existían -por lo menos en la numeración- dieciséis cuerpos: algunos (el 25 de infantería) reducidos a once plazas entre jefes, oficiales, suboficiales y tropa; el más numeroso (el de maestranza) tenía cincuenta y dos. Estaba aún el famoso 4 de infantería organizado por Eduvigis Díaz con los jóvenes de la mejor sociedad asunceña, aunque reducidos a 39 hombres en total. Su abanderado llevaba atado el brazo (pues debió abandonar el asta) un jirón del paño tricolor salvado de la metralleta.
La noche antes
Algunos indios caygús traen alimentos a los paraguayos: el 28 de febrero advierten a López la proximidad de los brasileños; le ofrecen esconderlo en sus tolderías, en el fondo de los bosques, donde jamás podrían encontrarlo: Jahá karaí, na ndé topái chene los kambá ore apytepe («Vamos, señor; no darán con usted los negros entre nosotros»). López agradeció y declinó el ofrecimiento. Su resolución estaba tomada: moriría con su patria.
A la mañana siguiente – 1 de marzo-, algunas mujeres escapadas de los puestos avanzados, llegaron con la noticia de que los brasileños, conducidos por un traidor se habían apoderado, sin combatir, de los cañones. El general Roa, jefe de la retaguardia, acaba de ser degollado con los suyos. No hubo combate, solamente una sorpresa y la matanza. Como a fieras.
Con toda calma, López ordenó ensillar y disponerse en guerrilla. A eso del mediodía, irrumpieron los jinetes del general Cámara. Son muchos, veinte veces más que los paraguayos, y tienen armas de precisión y caballos excelentes. Pero la presencia de los paraguayos dispuestos a la lucha los hace detener. Estos, sin mayores armas de fuego, avanzan en sus escuálidos jamelgos en una carga que debe hacerse al paso; los imperiales eluden a fin de mantener la superioridad que les dan sus carabinas. No se llega al entrevero y la caballería guaraní es diezmada.
Después, será el tumulto. Sobre López, atraídos por el uniforme del mariscal, se lanzan el coronel brasileño Silva Tabares y su guardia: Francisco Solano alcanza a ordenar a Panchito que proteja a su madre y a sus hermanos, y hace frente a los imperiales con la sola arma de su espadín de oro -regalo de la patricias paraguayas, en cuya hoja se lee Independencia o Muerte-; el ayudante de Silva Tabares, un apodado Chico Diavo, consigue asirlo de la cintura, al tiempo que que otro soldado le descarga un golpe de sable en la cabeza. López tira una estocada a Chico Diavio, que el brasileño contesta con un lanzazo en el vientre.
¡Muero con mi Patria!
En ese momento, algunos paraguayos -el coronel Aveiro, el médico Ibarra, el capitán Arguello- corrieron en auxilio del jefe. Pese a sus heridas, López se mantiene sobre el caballo- «un bayo flacón»- y les grita: «¡Matemos a esos macacos!» Los imperiales, en orden, pero contenidos por el refuerzo que ha llegado a salvar a López, ponen alguna distancia. Aveiro se acerca a López: «Sígame señor». Lo conduce por una picada que se interna en el bosque, mientras Ibarra y los demás contienen a los invasores. Los brasileños lo siguen: «E o López, é o López» (Es López, es López), y la soldadesca se aprieta en su persecución porque la cabeza del presidente está premiada con cien libras esterlinas, y todos quieren ganarlas. También el general Cámara endereza su caballo tras el Mariscal; no busca el premio en metálico, pero quiere cobrar la pieza, grande, dar el jaque mate definitivo.
Abriendo sendas por la picada, los paraguayos llegan hasta el arroyo, el Aquidabán-niguí. López, agotado y desangrado, cae de su cabalgadura. Apenas puede tenerse en pie, y Aveiro e Ibarra lo ayudan a cruzar la zanja; quieren subirlo por la barranca opuesta pero el peso del presidente se lo impide: «Déjenme», les dice López en guaraní; pero no quieren abandonarlo. Les pide que busquen una subida menos escarpada, dejándolo mientras tanto junto al tronco de una palmera.
Llegan los brasileños: un soldado persigue al cirujano Estigarribia por el arroyo, y lo atraviesa de un lanzazo. López trata de enderezarse, pero se desploma cayendo al agua; consigue sentarse y saca su espadín de oro con la mano derecha tomando la punta con la izquierda. Cámara se le acerca y le formula la propuesta de rigor: «Ríndase, mariscal, le garantizo la vida», López lo mira con ojos serenos y responde con una frase que entra en la historia: «¡Muero con mi Patria!» al tiempo de amagarle con el espadín. «Desarmen a ese hombre», ordena Cámara desde respetable distancia.
Ocurre una escena tremenda: un trompudo servidor de la libertad se arroja sobre el moribundo eludiendo las estocadas del espadín para soltarle la mano de la empuñadura; el mariscal, anegado en sangre el agua que los circunda, medio ahogado, entre los estertores de la muerte, ofrece todavía resistencia; el kambá lo ase del pelo y lo saca del agua. Ante esa resistencia, Cámara cambia la orden: «Maten a ese hombre». Un tiro de Mannlicher atraviesa el corazón del mariscal que queda muerto de espaldas, con ojos abiertos y la mano crispada en la empuñadura del espadín.
«¡Oh! ¡diavo do López!» («¡Oh! diablo de López!»), comenta el soldado dando con el pie en el cadáver.
El exterminio de los últimos paraguayos es atroz. El general Roa, sorprendido en el arroyo Tacuaras, había sido intimado. «¡Rendite, paraguayo danado!» (¡Rendite, paraguayo condenado!); «¡Jamás!», y se deja degollar. El vicepresidente Sánchez, moribundo en su coche, es amenazado. «¡Ríndase, fio da put…!» («¡Ríndase, hijo de …!»); el viejo octogenario abre los ojos asombrado; «¿Rendirme yo, yo?», y descarga su débil bastón sobre el insolente: un tiro de pistola lo deja muerto. Panchito acompaña a su madre y sus hermanos pequeños que han conseguido refugiarse en su coche; hace guardia junto a la puerta. Llegan los brasileños y preguntan si esa mujer es «la querida de López, y esos niños, «sus bastardos»; Panchito arremete contra los canallas, que sujetan al niño: «¡Ríndete!» «¡Un coronel paraguayo no se rinde!». Lo matan.
Elisa Lynch cubre el cuerpo de su hijo. Algún desmandado quiere propasarse, y la mujer le impone. «¡Cuidado, soy inglesa!» La deja en libertad. Elisa buscará esa noche el cuerpo de Francisco Solano López para enterrarlo junto al de Panchito en una tumba cavada por sus propias manas. El cadáver del mariscal está desnudo, porque la soldadesca lo ha despojado (el reloj de oro que llevaba esa tarde fue mandado como trofeo a la Argentina). Elisa encuentra una sábana de algodón y amortaja los cuerpos queridos.
Entre el estrépito de triunfo de los vencedores que festejaban su definitiva victoria, Elisa reza su sencilla oración despidiendo a su compañero y su hijo. La noche se ha puesto sobre las tremendas escenas de la tarde, y un farol mortecino, llevado por un niño de nueve años, es la única luz que alumbra el sepelio del gran mariscal.
La guerra ha terminado, y el Paraguay seguía siendo un país libre y soberano, aunque fue posteriormente desmembrado.
¡VIVA EL PARAGUAY!