El Grito Contenido por 22 Años: La Epopeya de la Segunda Estrella

Publicado hace 3 meses
COMENTARIO: Habían pasado más de dos décadas desde aquella noche mágica del 26 de septiembre de 1965. Veintidós años en los que Pedro Juan Caballero, la indiscutible “Cuna del Salonismo Paraguayo”, había visto cómo el nombre de Amambay se convertía en sinónimo de respeto y temor para sus rivales, pero también en blanco de injusticias deportivas que postergaron su gloria.

Tras el título fundacional del 65, la historia fue esquiva. Desde la revancha de Concepción en el 67 hasta el bochornoso "robo" de Caacupé en 1977 —donde el arbitraje de Fernández Gadea dejó a Amambay con solo dos jugadores en cancha—, la selección tricolor acumuló una serie de subcampeonatos que alimentaban una sed de revancha colectiva.

Pero el destino tenía una cita marcada en la Perla del Sur: Encarnación 1987

Bajo la dirección técnica del recordado “Cholo” Ramírez, Amambay llegó a Encarnación con un arsenal de talento y una mística renovada. Los nombres de Rodolfo “Matungo de Oro” Rolón, Silvio “Maravilla” Arévalos y Víctor “León Norteño” Almirón empezaron a retumbar en todo el país.

Desde las ondas de Radio Mburucuyá, las voces de Flaviano Díaz, Leonardo Paredes y Osvaldo García Siani inyectaban una dosis de fe que calaba hondo. Flaviano no narraba partidos; transmitía batallas épicas, convenciendo a cada oyente de que esta vez, la historia sería diferente.

El Carnaval de la "Tribu" Pedrojuanina

La final contra el local, Encarnación, transformó a la ciudad en un feudo norteño. Más de 800 pedrojuaninos coparon hoteles y calles. Fue allí donde nació una de las anécdotas más pintorescas del deporte nacional: la transformación en "tribu".

En la zona baja encarnacena, los integrantes de la famosa Batucada Scuby, hospedados en un local propiedad de Humberto Espínola y acompañados por Nito Meza que oficiaba de cocinero, decidieron "ir a la guerra". Compraron artesanías indígenas, se pusieron vinchas y plumas, e invadieron una farmacia para agotar el stock de lápices labiales y delineadores. Con el rostro pintado y al ritmo de auténtica samba, los pedrojuaninos armaron un corso propio que dejó mudo al carnaval encarnaceno.

Incluso el respeto se impuso ante la rigidez policial: mientras a muchos les prohibían la entrada al estadio por las pinturas, el recordado Don Ramón Torres, personificando al cacique “Toro Pochy”, logró entrar con la solemnidad de quien sabe que la victoria está cerca.

El "Misil" que devolvió la vida

El primer duelo final fue un choque de titanes. Encarnación ganaba 4-2 y una vez más el fantasma del subcampeonato, esta vez, sobrevolaba el estadio Silvio Pettirossi.

Faltando un poco más de 3 minutos, Rodolfo Rolón convierte el gol del descuento poniendo el 4-3 en el marcador. Y entonces, ocurrió lo imposible, el árbitro cobra falta y un tiro libre sin barrera desde la media cancha sobre el lateral izquierdo, frente a la mesa de los árbitros. El encargado de la ejecución Rodolfo "Matungo de Oro" Rolón quien acomodó el balón. El estadio quedó en silencio, roto solo por la voz de Flaviano en la radio que decía: “¡Vamos Matungo de Oro, vos podés!”.

Ante el abucheo local, Rolón sacó de derecha un misil rasante que se incrustó en la base del poste derecho de Nicolás Pazniuck. El 4 a 4 final desató la locura y obligó a una finalísima.

El "Unga Unga" y la Gloria Eterna

El lunes, en el estadio del Club Nacional, la tensión se cortaba con un hilo. Fue cuando apareció en escena el "arma secreta": un supuesto "brujo" o "macumbero" contratado por Amambay para aterrorizar a los locales, según ellos mismos y la prensa decían.

En realidad, no era otro que el gran Rubén “Sapito” Manzur, disfrazado de indio, quien junto a “Camelão” y su pandereta, recorría los arcos echando humo de cigarro y recitando la frase mágica: “¡Unga, unga, babalu!” (que no era otra cosa que una marca de chicles de la época).

Si fue la "magia" de Sapito o el fútbol arrollador de los jugadores, nunca se sabrá con certeza, pero ese día Amambay venció 3-1. Tras 22 años de sequía, la Segunda Estrella bajó del cielo para posarse en el pecho de la "Cuna del Salonismo". Fue el renacer de una potencia que hoy ya ostenta 10 títulos y sigue escribiendo su historia dorada.

Amambay Digital