Viajes a Asunción en décadas pasadas
Fecha: 2024-06-08 12:58:24 PM
RECUERDOS DE ANTAÑO: En estos días, en la cuenta de Facebook “Fotografías de Pedro Juan Caballero”, publicaron la foto de una de las tres balsas, que en décadas pasadas se debían cruzar dentro del trayecto de 400 kilómetros, ruta de tierra, desde Pedro Juan Cabalero hasta Coronel Oviedo. En la mayoría de los comentarios, pude leer que quienes lo hacían, recordaban con nostalgia aquellos viajes, como si quisieran volver a vivirlos.


No se si esto que quiero relatar ya lo he publicado alguna vez, creo que sí, pero a pesar de ello, para alimentar el recuerdo de los nostálgicos y dar a conocer a la nueva generación, lo que ellos ignoran, voy a realizar un breve relato de cómo eran los viajes a Asunción en épocas pasadas, no sin antes señalar que hoy día, un viaje de 450 kilómetros, sobre rutas asfaltadas, las PY05, PY08 y PY03, dura de 6 a 8 horas, dependiendo de la empresa de transporte y del servicio que ofrece, directo o no. En vehículo propio, el tiempo de viaje va de 4 a 6 horas, dependiendo del espíritu de piloto de carreras del conductor.

En décadas pasadas, por citar una de las primeras empresas de transporte de pasajero, obviando la primera, “La Panamericana”, iniciaremos nuestro viaje imaginario en un ómnibus de la empresa “Cerro Corá”, sin aire acondicionado ni nada que se le parezca, luego, en épocas más recientes, “Transporte Amambay” y en la actualidad “Cometa del Amambay”.

Esta unidad, “Cerro Corá”, y todas las unidades de otras empresas que luego con el paso de los años se fueron sumando, por la falta aún de una terminal, partía de frente a su Agencia, ubicada en la esquina de las calles Mcal. López y Gral. Díaz, a las 19:00 horas y en sentido contrario a lo que es hoy la calle Mal. López que en ese entonces era de doble sentido.

Luego de partir, debía, en la cuadra siguiente, doblar a la derecha hasta alcanzar la calle “Cnel. Teófilo Miranda”, actual “Tte. de Navío Andrés Herrero”, para a través de ella alcanzar la calle Yegros, porque a la media cuadra, en la Jefatura de Policía, el guarda o segundo chofer, debía descender para hacer la entrega de una copia de la lista de pasajeros, y luego seguir viaje por la calle Carlos A. López” hasta alcanzar la “Ruta V”, y de allí, tomar rumbo a Yby Yaú, a 100 kilómetros de distancia, no sin antes, realizar otra parada obligatoria frente al Batallón de Frontera, y tras subir el guarda a través de  una larga escalera, entregar otra copia de la lista de pasajeros.

Al menos unas 2 horas después, entre la 21:00 y 21:30 hs., el ómnibus llegaba a Yby Yaú en donde hacía una parada en un restaurante ubicado al costado izquierdo de la ruta. Para ese momento, ya el polvo se mostraba impregnado en la ropa y el rostro de los pasajeros. Todos acudían a los sanitarios para higienizarse, después, algunos se sentaban y ordenaban la cena, mientras que otros adquirían bebidas gaseosas para acompañar la “matula” que llevaban.

Alrededor de las 23:00 horas, el chofer llamaba a los pasajeros para seguir el viaje. A unos 500 metros del lugar, en el cruce, doblando a la izquierda, se ingresaba a la “Ruta III”, hoy “PY08”. Dese ese punto, luego de un viaje traqueteado de 58 kilómetros, que imposibilitaba conciliar el sueño, se llegaba a la localidad de Cororõ, sobre el río Ypané que se debía cruzar en una de las 2 balsas, en este caso, la de hierro impulsada con motor, perteneciente al MOPC. La otra, privada, conocida como “Maroma”, era una plataforma de madera asentada sobre 3 botes gigantes, enganchada a un cabo de acero amarrado de una orilla a la otra, guiada por el balsero que iba estirando de una gruesa cuerda, lo cual la hacía deslizar.

Superado este primer obstáculo, a 42 kilómetros se encontraba el cruce, hoy ciudad de Santa Rosa del Aguaray, antes se pasaba por la colonia Río Verde de los menonitas. Desde Santa Rosa, a unos 8 kilómetros, estaba el río Aguaray Guazú, que al igual que el anterior, se debía cruzar en balsa, con la diferencia de que esta era un poco más moderna, por lo que inspiraba más confianza, aún así, ningún pasajero podía permanecer dentro del ómnibus, la orden era ¡abajo todo el mundo!.

Sorteado este segundo obstáculo, a 50 kilómetros se encontraba la ciudad de “Susana”, hoy Gral. Resquín, y desde allí, a 6 kilómetros, el tercer y último obstáculo, el caudaloso río Jejuí, que para cruzarlo contaba con una balsa más grande que la anterior, y por ende más confiable. Hasta aquí, se creía, erróneamente, que era la mitad del trayecto de 536 kilómetros desde Pedro Juan Caballero a Asunción, y no era así. La mitad de camino estaba a unos kilómetros más adelante pasando la ciudad de Guajaybi.

Tras superar este tercer y último obstáculo, a pesar del traqueteo debido a las condiciones de la ruta (pozos y baches), en la medida de lo posible, había posibilidad de conciliar el sueño, pues ya no había que estar bajando y subiendo como las 3 veces anteriores. Siguiendo el viaje se pasaba por Cruce Liberación, hoy ciudad, Barrio San Pedro, y Guajaybi” hasta llegar aol Cruce Tacuara, distrito de Santaní, y desde allí, a 90 kilómetros, sobre la continuación de la “Ruta III”, que no tenía nombre y hoy es parte de la “Ruta PY08”, llegar entre las 5 o 7 de la mañana a Coronel Oviedo, pasando antes por Santa Rosa del Mbutuy, Jataty del Norte, Carayao y otras localidades.

Llegar a Coronel Oviedo era como si ya se llegara a Asunción, que para hacerlo, se debía recorrer aún 136 kilómetros sobre asfalto, entonces, lo más importante era sacarse de encima todo el polvo, recuperar el semblante del que solo se veían los ojos y los dientes, desayunar un rico café con leche, pan y manteca (lo básico) y seguir viaje durmiendo hasta Asunción, o al menos, admirando el paisaje.

¿Y con lluvia?

Este viaje imaginario lo realizamos en condiciones normales, es decir, con buen tiempo, entonces nos preguntamos, ¿y con lluvia?. Bueno, allí todo cambia, y si vamos a comenzar relatando anécdotas, sería mejor ir pensando en editar un libro.

Por dicho motivo, para resumir, vamos a recordar apenas, que en días de lluvia, las rutas de tierra se clausuraban a modo de evitar que se deterioren más de lo que generalmente estaban. En tal sentido, si llovía antes de la hora de salida, el ómnibus no salía, pro si no llovía y salía, pero se encontraba con que por el camino, en alguna parte del trayecto, o casi todo, si estaba lloviendo, comenzaba el calvario, un verdadero calvario, aunque muchos lo quieran recordar con nostalgia.

La “estrella”, el ñembo astro, era el guardabarrera, que dicho sea de paso, trabajaba en confabulación con él o los dueños de despensas, bares, restaurantes o bolichitos, ubicados en el lugar de la clausura, no abría la barrera hasta tanto se acabe la última tortilla pyraí y sin huevo de cada uno de esos locales. Para evitar presiones de los “clausurados”, simplemente desaparecía. Y como en esa época no existía la tecnología actual, no había forma de que algún influyente de turno, le llame a su jefe y le pida que le ordene a su guardabarrera que se deje de jorobar.

En ese contexto, los viajeros, se pasaban, a veces horas, días y en el peor de los casos, hasta una semana, sin tener dónde dormir cómodamente, donde higienizarse y comiendo cualquier comida, elaborada, vaya saber con qué ingredientes ni de qué forma. Aún así, nostálgicos como somos, evocamos esos momentos como una etapa linda de nuestras vidas, y en realidad, no deja de serlo, pues nos ha tocado vivir experiencias que la generación actual ya no tendrá oportunidad de vivirla, pero al menos saber, a partir de ahora, que si existió,

Alejo A. Mendieta Ch.



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