Con el paso del tiempo, tal vez porque se pudo comprobar que el cuerpo de una persona fallecida a causa del Covid-19 no podía contagiar, se le permitió a los familiares velar a sus seres queridos por no más de 4 horas, y no por temor a que la persona fallecida pueda llegar a contagiar, como erróneamente se creía, sino para evitar aglomeraciones de personas durante los velatorios, tal es así, que independientemente de la causa del fallecimiento, Covid-19 o no, los mismos se redujeron a no más de 4 horas.
Ante esta situación, desde confirmada la enfermedad de algún pariente o amigo, todos nos vimos obligados a expresar nuestro apoyo, dar palabras de aliento o sentimientos a los familiares del enfermo, no como lo hubiésemos querido, en persona, como debe ser, sino a través de mensajes de texto vía WhatsApp o Facebook, que también era la forma, y continúa siendo, de enterarnos de la situación por la que estaban atravesando nuestros allegados.
A la desagradable noticia de que un pariente o amigo estaba atravesando por una crítica situación, leyendo casi a diario el término “intubado”, por lo general le seguía la triste noticia del fallecimiento de la persona, y a veces, la feliz noticia de su recuperación. En ambos casos, era imposible acompañar a los parientes y amigos en su dolor, como así también compartir la alegría personalmente con ellos.
Estos sucesos, sumados a la interminable “cuarentena”, que ya está por alcanzar 600 días, nos convirtieron en una suerte de personas ingratas con nuestros allegados que, como en épocas anteriores a la pandemia, hallaban consuelo y fuerzas en el hombro de un familiar o amigo, ya sea en los hospitales o ante la misma muerte del ser querido.
Sin lugar a dudas que esta pandemia es un síndrome de la ingratitud, involuntaria por cierto, pero que nos hace sentir como tal, y que ahora, que tenemos un poco más de libertad para salir, nos deja algo avergonzados y sin saber qué decirle o cómo actuar cuando nos encontramos con un familiar o amigo que perdió uno o más seres queridos sin que hayamos podido estar presentes.
Es la realidad que nos está tocando vivir, y espero que todas las personas que perdieron a sus seres queridos durante estos casi 600 días, sepan entender que la situación de ingratitud que se da, no es voluntaria, es apenas un síndrome, que yendo al campo de la salud, que es a donde corresponde, significa, una mayor probabilidad de padecer una enfermedad, en este caso, y en sentido figurado, la ingratitud.
Alejo A. Mendieta Ch.