Ni bien llegó, descendió de su motocicleta y se disponía a abrir el portón para ingresar a su hogar. En ese instante, una motocicleta con dos sujetos a bordo se aproximó por detrás. El acompañante bajó con un arma de fuego en mano y, sin mediar palabras, efectuó varios disparos por la espalda casi a quemarropa. Gabriel cayó al suelo; su muerte fue instantánea. Mientras tanto, los sicarios se daban a la fuga con rumbo desconocido, amparados por la impunidad que suele reinar en las calles fronterizas.
La valentía que costó una vida
Inmediatamente después de conocerse la trágica noticia, la ciudadanía y la Policía comenzaron a tejer diversas hipótesis sobre el móvil del crimen. Lo cierto es que, más allá de las conjeturas, el objetivo de los criminales se había cumplido: acallar a Gabriel. El periodista ya no podría seguir denunciando valientemente desde los micrófonos al crimen organizado; denuncias que no hacía de forma genérica, sino con nombres y apellidos. Con total seguridad, en uno de esos nombres se escondía el autor intelectual que ordenó el cobarde ataque.
Durante el velatorio y el sepelio, las promesas y los pedidos de justicia se multiplicaron. Los días posteriores, el tema acaparó la agenda pública. Sin embargo, el tiempo —el peor enemigo de la memoria— hizo lo suyo. Con el paso de los meses y los años, el nombre de Fausto Gabriel Alcaraz y su trágico final fueron quedando en el olvido, salvo para sus familiares y antiguos compañeros de trabajo.
Incluso en la carpeta fiscal el panorama es desolador: no hay nada esclarecedor por una sencilla razón, dentro del expediente solo reposan escritos protocolares y hojas divagatorias. El clamor de "Justicia para Gabriel" no pasó de ser una mera expresión de deseo y una falsa promesa estatal.
El selectivo ejercicio de la memoria
Cada 26 de abril, el país se conmueve y recuerda a Santiago Leguizamón, asesinado en similares circunstancias en 1991. En esa fecha, las redes y los medios se inundan con la consigna "Justicia para Santiago", un eco que se apaga al día siguiente y se archiva hasta el año venidero. Pero de Fausto Gabriel Alcaraz, nadie se acuerda cada 16 de mayo.
Esta alarmante amnesia colectiva e institucional no solo afecta a Gabriel. La lista de comunicadores asesinados en la frontera cuyos nombres yacen en el archivo del olvido es dolorosamente larga. Nadie reclama ni exige justicia de manera firme por: Julio “Kapelú” Benítez, Leo Veras, Carlos Manuel Artaza y Humberto Coronel.
Todos ellos perdieron la vida persiguiendo la verdad, bajo el mismo modus operandi de la mafia.
Lamentablemente, exigir justicia en estos casos parece ser más un acto de fe resignada que de esperanza real. La cruda realidad demuestra que ninguna de estas investigaciones ha avanzado significativamente en los estrados judiciales, y el temor generalizado es que, bajo el amparo de la inacción y la complicidad, jamás avanzarán.
Redacción Amambay Digital