Anónimos celebrando con desconocidos

Publicado hace 4 meses
Por Estela Valdés (25/02/2026): Es cierto que todos los padres anhelamos dar lo mejor a nuestros hijos y hacer que cada momento importante de sus vidas sea inolvidable. No importa la condición social: seamos pobres o ricos, sabemos que nada reemplaza al amor ni a los instantes compartidos con quienes verdaderamente nos quieren.

Los cumpleaños, por ejemplo, son una celebración a la vida. Son espacios pensados para reunir a las personas significativas para el niño o la niña, y para quienes él o ella también lo es.

En esencia, deberían ser encuentros sencillos, cargados de afecto, risas y recuerdos que perduren más allá de las fotografías y los adornos.

Sin embargo, en los últimos tiempos se ha instalado con fuerza otra lógica. Para algunos, estas celebraciones deben superar lo imaginable: ser cada vez más costosas, ostentosas y desmesuradas.

Se organizan eventos multitudinarios, con centenares de invitados que, en muchos casos, apenas conocen el nombre del homenajeado. Asisten para mirar, consumir y, no pocas veces, criticar.

Son encuentros caros, organizados por anónimos (hasta ese momento) para compartir con desconocidos.

En torno a estas fiestas giran comentarios sobre el origen del dinero invertido, juicios sobre si “corresponde” o no al entorno social de la familia, insinuaciones sobre aparentar lo que no se es. En escenarios así, pareciera que se celebran la hipocresía, la ostentación y la envidia, mientras se exhibe con preocupante naturalidad la ausencia de sencillez y empatía.

El resultado suele ser el escrutinio público, el cuestionamiento social y la presión de tener que dar explicaciones que exponen intimidades innecesarias. Incluso los propios cumpleañeros pueden quedar en medio de señalamientos que nada tienen que ver con la alegría que debería rodearlos.

¿En qué momento la celebración de la vida se convirtió en una competencia? ¿En qué punto el brillo de los reflectores desplazó la calidez del abrazo? En medio del ruido, del espectáculo y de la mirada ajena, corremos el riesgo de perder de vista lo esencial: Que nuestros hijos se sientan amados, ahí está la verdadera fortaleza